Daft Punk y la Condición Humana

El 22 de Febrero de 2021, a través de un video en el que se utilizó montaje de “Daft Punk’s Electroma”(2006), los robots se despidieron del mundo para darle clausura a 28 años de legendarios momentos en la historia de la música. Muchas personas calificaron esto como algo triste, como un evento más que nos traía el mundo en el contexto del COVID-19 y como una de las peores noticias que podrías leer en un Lunes. Sin embargo, como gran admirador de Daft Punk, debo decir que el anuncio de “Epilogue”, la despedida formal de Daft Punk, con un aura de obituario, me pareció un momento muy feliz.

En el verano de 2013, todos escuchábamos sin cansancio “Get Lucky” y, aunque las estaciones de radio la explotaron sin mesura alguna, no era posible comenzar a escucharla y atreverse a interrumpirla, como si fuera un sacrilegio o la interrupción de un ritual. Son muy pocas las canciones que logran ese efecto: el compromiso del oyente para escuchar la obra completa y de disfrutarla en cada ocasión. Pero “Get Lucky” es solamente un ejemplo.

Es un hecho que Daft Punk se convirtió en uno de los proyectos más influyentes e innovadores de la historia de la música, con sus peculiares técnicas de producción, su exitosa experimentación sonora y su maestría para construir melodías profundamente emocionales y memorables. Pero también es cierto que, si bien la música es el producto final de Daft Punk, su maestría se complementa en áreas como la narrativa, el arte visual, el misterio y la discreción. A veces nos referimos a Daft Punk como un dueto, o una agrupación musical, pero esa definición siempre se queda corta. En realidad, Daft Punk fue la ejecución de uno de los proyectos artísticos multidisciplinarios más importantes de la historia del arte.

Justamente en 2013, hipnotizado por cada pista del increíble y respetuoso álbum “Random Access Memories”, me la pasaba viendo entrevistas con los artistas invitados, entre ellos, Pharrell Williams. En una de ellas, él hablaba sobre su encuentro con Daft Punk:

 

“Vi a los robots en una fiesta de Madonna y me dijeron que estaban trabajando en algo. Yo les dije que cualquier cosa que necesitaran yo estaba ahí, aunque fuera para tocar el pandero. Tiempo después, los robots me llamaron para averiguar cuándo podríamos vernos en Paris…

[…] Cuando regresé a Estados Unidos, no me acordaba de nada de lo que había sucedido. No sé si fue el jetlag o si los robots hicieron algo con mi memoria, como en Hombres de Negro […]”

 

Guy-Manuel de Homem-Cristo y Thomas Bangalter son rara vez mencionados entre los artistas que los conocen personalmente; más bien, se refieren a ellos como “los robots”. Eso me parece un éxito artístico increíble: el artista que se convierte en su obra que, a su vez, es sinónimo de la identidad del artista. Además, hay que reconocer el gran respeto que se ganaron, pues no todo mundo participa del concepto que quieres presentar a tu audiencia, mucho menos si se trata de algo que va más allá del escenario. Esto logró que Daft Punk trascendiera mucho más allá de los escenarios en su narrativa sobre ser robots en un mundo humano. Daft Punk fue un “acto meta”, una ficción que saltó a la realidad para sustituirla. Pensándolo bien, los humanos en este proyecto no tienen ningún papel. Daft Punk era música creada por robots, amada por los humanos. Hablar de Guy-Manuel y Thomas no es hablar de Daft Punk.

Si bien ya no estaremos a la expectativa de un nuevo álbum, nuevos sencillos o una muy deseada gira mundial, creo que podemos aprender mucho con la partida de Daft Punk y la retrospectiva sobre su carrera. Se trató de un proyecto que le dejó al mundo lecciones valiosas sobre la condición humana sin valerse de lo intelectual o lo espiritual, sino a través de la exploración de la belleza de lo sensitivo. Podemos incluir a Daft Punk entre las obras narrativas que, a través de una reflexión tecnológica, logran hacer comentarios profundos sobre nuestra naturaleza: dos robots que hacen música sobre ser humanos y que, en la carencia de tal experiencia, deciden darle un final a su historia, casi como tributo al destino que nos espera y (¿por qué no decirlo?), también como una exploración de la muerte de parte de dos máquinas curiosas.

La historia de Daft Punk tiene las características de grandes historias que siempre nos conmueven, pero quizá lo que siempre nos atrajo, además de la extraordinaria música, sea el hecho de que siempre nos dejaron queriendo más. La distancia entre sus álbumes, las largas esperas por sus giras, la imposibilidad de recordar los rostros o las voces de los humanos que alguna vez fueron, el misterio de sus procesos, el poder de su imagen… todo ello creó una mitología en torno al dueto, que provocó que siempre que consumiéramos la obra de Daft Punk lo hiciéramos emocionados, en presencia de algo muy poco recurrente y maravilloso, pero que precisamente por su escasez nos dejaría con una eterna sed de consumir más de todo aquello que producían.

De ninguna manera creo que los robots de Daft Punk quisiera dejar una lección específica pero creo que, en cada álbum, en cada título de sus canciones e incluso en cada aparición pública, plantearon con mayor firmeza una pregunta hermosísima: ¿Qué se siente ser humano? , y precisamente al compás de sus canciones e innovaciones, muchos nos hemos sentido en contacto con la belleza de lo sensible, saltándonos la pregunta y más bien sintiendo la respuesta. Nunca olvidaré cuando ganaron en los Grammys y, en un cálido abrazo, dos robots se vieron más humanos que nunca. Se podían sentir las sonrisas sobre sus cascos inexpresivos y el cosquilleo eléctrico en sus circuitos.

Daft Punk nos invita a sentirnos de nuevo, a vivir intensamente la humanidad de ser humano. Nos recuerda que, a veces, jugamos el hermoso y confuso juego del amor, que estamos eternamente insatisfechos, que existe un mundo dentro de nosotros que no podemos explicar, que la música nos hace sentir la necesidad de celebrar la vida y que, a su vez, somos nosotros quienes le damos vida a la música, que recordemos la suerte y belleza de poder sentir y que, gracias a que no somos máquinas, habrá un epílogo para la vida de todos. Más nos vale celebrar los fragmentos del tiempo, las memorias y el amor, pues son las formas en las que nuestra humanidad va más allá.

 

Kiss, suddenly alive
Happiness arrive
Hunger like a storm
How do I begin?
A room within a room
A door behind a door
Touch, where do you lead?
I need something more
Tell me what you see
I need something more.
[…]
Touch, sweet touch

You’ve given me too much to feel
Sweet touch
You’ve almost convinced me I’m real
I need something more

 

Touch», Random Access Memories, 2013)

 

Adiós, robots. Human After All.