La pintura morada y el ajolote han secuestrado las vistas de la Ciudad de México. Puentes peatonales, bardas, paredes y postes han sido rematados con una gama de colores emparentados con el lila, pero también han recibido sus respectivos retoques la grieta, la varilla expuesta y hasta el buzón de SEPOMEX que desde hace tiempo opera como un basurero sin fondo y que quizá también lo hace como un acogedor multifamiliar de roedores.

Hace unas semanas, ya en la rampa de ingreso hacia mundial, la Jefa de Gobierno defendía la “ajolotización” de la ciudad, con argumentos forzados sobre su supuesto interés en representar la lucha feminista, pero también en simplemente “embellecer” la ciudad. La eterna salamandra neoténica fue el monstruo local que eligió para ofrecer un personaje con ojitos al público y al mundo. Ajeno a programas para el rescate de su especie y con su hábitat más común en el mercado negro, el verdadero ajolote, el milagroso animal ancestral que ha fungido tan bien como metáfora del mexicano bajo de la pluma de autores como Paz y Bartra, no ha recibido ningún beneficio directo del supuesto «movimiento» que lleva su nombre. 

Tras semanas de duras críticas a esta errática pintadera, el Gobierno de la Ciudad transformó lo que en un momento fue una decisión en un supuesto error, por supuesto, ajeno. Ahora decían que había sido el contratista encargado de pintar estos espacios de la ciudad el que había ejecutado mal las «claras» instrucciones. 

Para comprender las estrategias de los políticos de nuestros días , debemos añadirle al cinismo el agravante del gaslighting. El término, diariamente usado en podcasts sobre relaciones personales para identificar uno de los más clásicos métodos del narcisista, nació de una película llamada Gaslight (La Luz Que Agoniza,1994), interpretada por Charles Boyer y la “Santa de Hollywood”, Ingrid Bergman. En esta historia, el esposo de la protagonista, una mujer aislada del mundo por su propia relación, se propone convencerla de que ella está demente, consolidando su control absoluto sobre ella. El principal método para lograr su perversa misión es bajar la intensidad de las luces de la casa (gaslights) para que, cuando ella pregunte por qué ha sucedido esto, él niegue que ha habido tal cambio para finalmente proponer que ella está perdiendo la cordura. Con el tiempo, ella irá cayendo en una espiral de confusión y desconfianza sobre su propia experiencia, lo que conforma el tuétano de la película.

Como bien lo recuerda Arwa Haider en su artículo sobre los nexos entre la película y el término gaslighting, un diálogo entre los personajes de Bergman y Boyer es tan perturbador como ilustrativo:

— ¿Intentas decirme que estoy loca?

— Ahora tal vez entiendas por qué no puedo permitirte conocer a otras personas.

Tan pronto como se intensificaron las críticas sobre la “ajolotización”, que emanaron desde el criterio del peatón confundido hasta el de un arquitecto de apellido Leal—que se quejó de la aberración en cuantos noticieros le fue posible—resultó que el error no era del gobierno, que esa no había sido la intención de la jefa en turno y que el autor del error, como ya lo dijimos, fue otro: el contratista. ¿Intentan decirnos que estamos locos?¿Nos bajan las luces como a Ingrid Bergman? Desde siempre, sí, pero desde el 1 de Diciembre de 2018, también.

Y, como el personaje de Boyer, tampoco quieren que conozcamos a otros: los opositores, los neoliberales, el prian y los “aspiracionistas” son algunos de los múltiples motes que tiene el monstruo camaleónico y oportuno que se transforma en lo que conviene aquél día al supuesto proyecto nacional. En otras palabras, el simple acto de conocer al otro es darle la espalda a la fe en el proyecto. Los sabios lo saben muy bien: nada peor para la mente humana y la sociedad que el aislamiento. Es veneno a cucharadas.

Escribo esta carta editorial un día después de la inauguración del Mundial EEUU-Canadá-México 2026, que arrancó en un controversial Estadio Ciudad de México, recientemente bautizado Banorte, históricamente llamado Azteca y solo por pocos meses, Guillermo Cañedo. Los altísimos precios de acceso al evento rindieron, primero, para ver un espectáculo que nos regaló postales peculiares, como las bailarinas en atuendos regionales con hoodies perreando con Danny Ocean y ¿por qué no? enseñando coloridos calzones, seguidos de la presentación más incómoda y minimalista de Shakira, quien ya de plano no se guarda nada al sacudir las caderas más honestas y famosas del mundo.

Lo que sucedió entre los silbatazos se sabe bien y se celebró a gran escala en la Ciudad de México. Un sucio 2-0 a favor de México con un desagradable regusto: un zape que le valió su primera expulsión a Sudáfrica, una tarjeta roja innecesaria para uno de nuestros centrales cuando ibamos ganando y superábamos por dos hombres en el campo y un partido que debió ser un 4-0, sin problemas. Pero (ya) no se habló ayer del contexto que circundaba el estadio: las madres buscadoras, los miles de desaparecidos (más de 13,000), la situación general de inseguridad en el país… en fin: la vergüenza por exhibirnos en estas condiciones en los escaparates del mundo.

Las transmisiones se encargaron de opacar estos ‘estorbos’ con la marabunta que se fue directo a la Glorieta del Monumento a la Independencia a celebrar la victoria mundialista ante un rival bastante intrascendente. Fue inevitable notar el contraste: grupos numerosos en busca de desaparecidos, pero no tan numerosos como la marejada verde que rodeaba “El Angel” ayer por la tarde. ¿Intento decir que estamos locos? Quizá ahora entiendo por qué no quiero que nadie más nos conozca.

Ante la fluctuación constante de temperaturas y el vaivén de lluvias intensas que nos regalan albercas improvisadas, entre las comparaciones continuas y nostálgicas con el 70’ de Pelé y el 86’ de Maradona sin siquiera haber comenzado a dibujarse el del 26’ que aún espera su figura y testigos la restauración del amarillo en los puentes peatonales, los precios estratosféricos tanto para ingresar a los estadios como para comprar el imprescindible jitomate, tras una larga pausa, doy nuevamente la bienvenida a nuestros lectores, que nos acompañan en el noveno año de nuestra publicación. Gracias por sus visitas y su tiempo.

Espero que en cada texto encuentren una lectura interesante y, con suerte, de reflexión.

Mis mejores deseos.

Jorge E. Hernández

Editor General de Pluma Forte

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